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Estructura de acero y luminarias urbanas
Una araña hecha a partir de luminarias urbanas; el ruso Victor Shlovsky llamaría a eso un gesto de extrañamiento. La buena literatura está construida a partir de ese mismo proceso. La escritora Silvina Bullrich llamaba a los cables negros que colgaban del ascensor de su casa «las grandes serpientes» y a los firuletes en las rejas antiguas «los anzuelos». ¿Cómo ver por primera vez lo que vemos siempre? ¿Cómo sacar a nuestra mirada del modo automático? ¿Cómo quitarle las cataratas a la visión, cuando un día cualquiera no diferenciamos entre el sillón, el florero y nuestra familia? Regalar una nueva mirada es lo que Eugenia Calvo intenta producir en sus obras. No es la primera vez que la artista crea una imagen desconcertante a partir de algo cotidiano: las luces de la calle se agrupan formando la cabeza y el abdomen de un bicho inmenso, unos arcos de hierro simulan sus patas. Es una idea eficaz porque te lleva al desarreglo inmediato de los sentidos: de golpe, las grúas de la municipalidad que trabajan en la calle, se vuelven pterodáctilos; no las habíamos visto antes, pero ahora no podemos dejar de verlas. Calvo no se limita a dar sorpresas; de ser así, su arte no duraría más de una primera aproximación. Hay algo de la tradición gótica de lo inquietante en lo familiar, que también atraviesa sus obras. Los muebles de una casa que arman una barricada, un muestrario policial de palos, cachiporras y garrotes, un puré de papas que se transforma en nube ominosa. Son pasillos de la mente, que se cubren de objetos embrujados. La araña de Calvo no está sola, pertenece a una familia de artrópodos famosos: la inolvidable araña de patas peludas que aparece en el cuento de Felisberto Hernández El balcón; la araña Maman de Louise Bourgeois, cuyos finos hilos acunan nuestra psiquis o, como escribía Emily Dickinson: «La Araña como Artista que nunca ha sido contratada/si bien su Mérito sin par/está de sobra confirmado». Las cosas, como se nos aparecen y no como sabemos que son. El arte de Eugenia Calvo es un buen antídoto para el riesgo permanente al que estamos expuestos: el de tomar al mundo y a nosotros mismos por sentado.